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miércoles, 3 de agosto de 2016
Manteca al tacho
(Rodrigo Avelleira)
Hay una Ley que prohíbe hacer lo que el Ministro de Agricultura está haciendo, es la Ley 20680, sancionada en 1974 y remendada más de 10 veces hasta la última corrección; la muy polémica de septiembre del 2014; en ése momento se garantizó que el estado a través de su Secretaría de Comercio podía intervenir en el mercado ante el desabastecimiento de algún producto alimentario. Estamos hablando de la manteca, estamos hablando del Estado. No se trata de si le gusta o tiene ganas o le parece justo al ministro Buryaile; hay una ley vigente y un organismo estatal encargado de hacer cumplir la ley, más claro, un Poder Ejecutivo que la ejecute. Como sobre gustos no hay nada escrito, se hacen leyes para que el bien común sea menos caprichoso que el gusto del funcionario de turno. Obviamente que la muchachada que gobierna puede borrar leyes de un sopapo, ya lo hizo; pero en éste caso ni siquiera se han molestado; bullanguean por el libre mercado y se toman un té, listo, resuelto, no habrá manteca para todos. Habrá lo que tengan ganas y a lo que tengan ganas de venderlo los amigos fabricantes. Y tiene una lógica, uno a los amigos los controla poco. El ministro viene de las cámaras grandes agropecuarias, aquellas que derramaban leche antes de venderla, aquellos que sostienen trabajo esclavo e infantil en sus millonarias hectáreas, aquellos que el sábado pasado se rompieron las palmas aplaudiendo al nuevo toro campeón, que promete y cumple, a ellos por lo menos sí. Asomarse en Google por aquellos días del 2014 cuando se debatían los arreglos de la Ley de Abastecimientos y vemos quiénes se oponían y quiénes estaban a favor, es un ejercicio perfecto para ver el mapa social y político de hoy, asombra la coincidencia y nos damos cuenta que no hay contradicciones, que aunque parezca lo contrario por el bombardeo mediático de sonrisas complacientes y promesas en el bidet; siempre opinaron e hicieron lo mismo, no nos mintieron, nos mentimos solos; ganó porque perdimos. Ésto es muy viejo, la tensión entre Capital y Trabajo es inevitable y natural. En éstos tiempos (en realidad siempre, ahora peor, en un mundo donde el 1% de la población es dueña de más de la mitad del dinero y las propiedades del mundo, el Capital está goleando hace rato) las tensiones y la continuidad del resultado generó que de un lado de la cuerda el caldo ya no daba para más fideos. Si uno mira un subibaja, ése juego divertido y no tan infantil, verá que si alguien de 200 kilos se sube de un lado de la báscula y enfrente pesan 40, para equilibrar no hay que sentarse de arbitro en el medio, más bien hay que ayudar al débil, poner 160 kg hasta llegar a que la tensión no incline la tabla, nada ruede para ningún lado y todos queden sobre el tablero. Un estado ayudando a los 200 kg es, como mínimo, obscenamente injusto; un Estado (nosotros, reitero porque parece imprescindible) que se declare incompetente mientras ve al débil (el trabajo) transpirar hasta romperse y que esas gotas sean las que caen a los pies del gordo gigante que se sienta cómodo y morfa del esfuerzo del flaco, es violento y ni siquiera sutil. Finalmente un Estado apuntando al medio para secar la sangre del que pierde está mal. Y si para lograrlo, desobedece leyes como en éste caso de la manteca o en los muchísimos más que desaparecen de las góndolas o que aparecen con precios imposibles, cuando esa ley obliga al Estado a intervenir para garantizar el abastecimiento de la población como prioridad, entonces deben irse. Si el impedimento a la intervención no es legal, si no moral (no le dan las ganas, no quiere, no sabe) deberá renunciar y que venga alguien que lo haga. Dichas leyes que las hay en todo el mundo y sobre todo en aquellos en los que nos gusta mirarnos, USA for example, no son el capricho chavista de una ególatra alucinada de poder; es la natural protección que ejerce el Estado (nosotros, no sé si lo dije) ante la posibilidad que por cuestiones externas, financieras, de territorio, a un productor le convenga vender al exterior toda su producción importándole 13 pepinos si queda o no para venderlo acá (nadie pide que lo regalen, claramente) y sienta sus capacidades el Estado (…..ya saben quién es) en meter mano en los precios para que además sea accesible para la mayoría de la población. La idea gruesa es, llenar las góndolas y los depósitos acá, el excedente se vende afuera; clarito. Bueno, a partir del 10 de diciembre la población de éste país decidió que no fuera así, y eligió para la tarea al mejor alumno, al que los dueños del mercado han elegido hace muchos años como el representante que ellos iban a colocar para cumplir el rol de Estado, para quién debe controlarlos haga que hace pero no hace. La integración de su gabinete lo define, una megaempresa llena de gerentes, regulando a otras empresas, ellos mismos controlándose mientras se abrazan; yo me abrazaría, o lo invitaría a la Rural y lo ovacionaría. Finalmente, el presidente en el púlpito más deseado dijo que debemos ser y el Estado va a pregonar y garantizar la tarea, EL Supermercado del mundo; será por eso que estamos dejando de ser el Supermercado propio, nuestro.
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